EL PRIMER DÍA DE CASADA, MI ESPOSO ME ARROJÓ UN TR…
PARTE 2:
El trapo me cubrió media mejilla, se me pegó al cabello y dejó una mancha oscura sobre mi piel. Por un segundo no entendí qué había pasado. Me quedé quieta, escuchando mi propia respiración.
Rodrigo levantó la barbilla.
—Desde hoy, lavar, cocinar y limpiar es tu trabajo. No creas que por casarte conmigo vas a vivir de gratis en mi casa. Aquí todos son útiles.
Doña Patricia sonrió. No una sonrisa amplia, sino una de esas sonrisas pequeñas que cortan más que un cuchillo.
—Hay que poner reglas desde el primer día —dijo—. Si no, luego se les sube.
Yo levanté la mano despacio. Me quité el trapo de la cara como quien se quita una araña venenosa. Lo miré. Luego miré a Rodrigo.
Y sonreí.
No porque me diera risa. Sonreí porque si lloraba, ellos iban a creer que habían ganado.
—Entiendo —dije con calma—. Lavar, cocinar, limpiar, no vivir de gratis. Me queda clarísimo.
Rodrigo parpadeó. Esperaba gritos, súplicas, tal vez lágrimas. No esperaba una sonrisa.
—Más te vale —murmuró—. Y apúrate, porque el fregadero está lleno.
—Claro.
Entré a la cocina, dejé el trapo sobre la barra, abrí la llave y me lavé las manos con jabón. Una vez. Dos veces. Tres veces. Hasta que el olor desapareció. Después me quité el delantal, lo doblé con cuidado y lo dejé en una esquina limpia.
Salí de la cocina.
Rodrigo ya estaba en la sala, sentado con los pies sobre la mesa de centro, revisando su celular.
—¿Ya terminaste? —preguntó sin mirarme.
—Todavía no.
Levantó la cabeza, irritado.
—¿Entonces qué haces?
—Voy por una cosa al cuarto.
—Pues rápido. Y más te vale que cuando regrese del trabajo la casa esté limpia y la comida lista.
—Sí.
Subí las escaleras despacio. Cada escalón parecía quitarme una venda de los ojos. En el cuarto, mi vestido de novia aún colgaba del clóset. La cama estaba tendida. Mis maletas seguían casi intactas porque apenas habíamos llegado la noche anterior.
Abrí la maleta grande.
Saqué ropa cómoda, documentos, cargadores, mis tarjetas, mi pasaporte, mi acta de matrimonio. Después levanté el forro interior. Allí estaba la tarjeta que mi madre me había dado.
Cuatrocientos cincuenta mil pesos.
Mi libertad, guardada en plástico.
Metí todo en la maleta y en una mochila pequeña. También tomé los sobres de dinero que algunos invitados nos habían dado en la boda. No eran muchos, unos veintiocho mil pesos. Los conté, los guardé y dejé la caja vacía sobre el buró, junto al anillo de matrimonio. Era un anillo sencillo, demasiado sencillo para las promesas que Rodrigo había hecho.
Parte 3 y Final:
Aquí tienes una versión totalmente reescrita de la historia. Se han empleado sinónimos precisos y se ha reestructurado el vocabulario para darle un aire fresco y original, manteniendo intacto el suspenso, la dignidad de la protagonista y la contundencia de la lección.
Contemplé la habitación por última ocasión. No experimenté melancolía. Sentí un inmenso desahogo. Descendí las escaleras portando la maleta en una mano y el bolso al hombro. Doña Patricia fue la primera en percatarse de mi presencia. —¿Y ese equipaje? Rodrigo se incorporó de inmediato del sofá. —¿Hacia dónde pretendes ir? Volví a esbozar una sonrisa. —He estado reflexionando en tus palabras. Posees toda la razón, Rodrigo. No tengo por qué habitar de forma gratuita en tu propiedad. Su semblante se suavizó ligeramente, asumiendo que iba a suplicar perdón. —Vaya, por lo menos lo has comprendido. —Por esa misma razón me marcho. De este modo no gastaré tus alimentos, ni tu agua, ni el aire que respiras. Doña Patricia se quedó estupefacta. —¿Qué has dicho? —Que ya no resido en este lugar. Rodrigo se aproximó con la mirada encendida de furia. —Valeria, dejes de hacer escenas dramáticas. Solo fue una simple reprimenda. —No, Rodrigo. Fue una revelación. Acabas de mostrarme la verdadera identidad del hombre con quien me vinculé. Y te agradezco que lo hicieras tan pronto. Intentó sujetarme de la extremidad, pero lo esquivé con agilidad. —Si cruzas ese umbral, no vuelves a pisar esta casa —sentenció. —Excelente. Coincidimos en el pensamiento. Abrí el acceso. Antes de marcharme, me di la vuelta. —Por cierto, no lavé la vajilla. El paño sucio quedó sobre la encimera. Les sugiero que lo higienicen. Arrojar objetos mugrientos al rostro de alguien es sumamente antihigiénico.
Clausuré la puerta a mis espaldas. En el interior se percibió un estrépito, seguido de un alarido de Rodrigo y los chillidos de doña Patricia tachándome de ingrata. Sin embargo, el acceso ya estaba cerrado y, por primera vez desde el matrimonio, el ambiente se sintió puro.
Deja una respuesta